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Querétaro

Y en el fondo, la soledad

Augusto Isla

En su libro Un momento historiográfico, Jacques Revel incluye un ensayo que atrajo particularmente mi atención: “María Antonieta en sus ficciones: La puesta en escena del odio”; en él estudia esa literatura panfletoria que, a menudo con tintes pornográficos, construyó la leyenda negra de un personaje satanizado por la corte y el populacho; una “mezcla de moralismo ostentado y abuso verbal (…) acompañan la memoria de la reina desde hace doscientos años”. Se trata de ficciones de diferente naturaleza que sin embargo lograron crear una reina de papel, de suerte que lenta y eficazmente reemplazaron a la persona real, por así decirlo; todo derivado de un “odio general” al que contribuyó ese tumulto de palabras sucias en torno a su sexualidad, su condición de extranjera, su ambición política y su voluntad de hacer valer su privacidad. María Antonieta era, tanto para los de arriba como para los de abajo, una ninfomaniaca, una espía: una amenaza para Francia que se aprovechaba de un marido débil y distraído.

Hay ciertamente “elementos fácticos” que soportan esa escritura mórbida, hechos que suscitan el comentario misógino y chovinista: la falta de carácter de Luis XVI, la tardanza de un heredero, la creación por parte de ella de una esfera privada de la que Trianón, un palacete alejado del ceremonial de Versalles, “es el símbolo más conocido”. Los panfletos nada prueban: todo se da por hecho, como una evidencia. La embestida comienza desde que llega a Versalles siendo casi una niña, a los catorce años, pero adquiere mayor intensidad en los 1792-1793 durante el proceso revolucionario. En este periodo, anota el historiador, “la pareja real es objeto de un tratamiento cercano a la farsa, con fuertes connotaciones populares; en ellos (en los panfletos) Luis es un borracho embrutecido; la reina, una arpía violenta, y normalmente la disputa concluye en una pelea física entre los dos soberanos venidos a menos”.

El discurso de Revel se vincula con la biografía de Antonia Fraser en que se basa película dirigida por Sofía Coppola, María Antonieta, la reina adolescente, que nos muestra a una joven hermosa a quien su madre, María Teresa, utiliza como instrumento de sus intrigas políticas con miras a consolidar la alianza entre Austria y Francia. Luis Augusto y María Antonieta se casan con el beneplácito del abuelo de aquél, Luis XV, pero el matrimonio no se consuma sino siete u ocho años después, ya que él lo rechaza, interesado como está solamente en la comida y en la cacería. A lo largo de esos años, María Antonieta sufre tanto a causa de las murmuraciones cortesanas -ella es frígida y estéril- como por las presiones de la madre que la culpa de la no consumación conyugal con el argumento de que “todo depende la esposa”.

María Antonieta odia la corte, los ceremoniales de Versalles, que empiezan al levantarse y se extienden a lo largo del día. Para una jovencita acostumbrada en Viena a jugar a las cartas con sus amigas, es motivo legítimo de disgusto que la vistan y desvistan, la observen mientras come y, sobre todo, que el marido la repudie. Es comprensible entonces que ella busque otros placeres: el juego, las apuestas, el lujoso y atrevido vestuario, las altas pelucas. La reina provoca; huye; se refugia en el Trianon; disfruta la naturaleza, el cuidado de sus animales. Fraser no niega sus frivolidades, pero pone al acento en el trasfondo de todo ese desarreglo emocional que atraviesa la vida de la reina: ella es, en el fondo, una mujer solitaria. Soledad en la cama, en la bañera, en los pasillos de su lujosa cárcel, en los inmensos jardines. En este sentido, el relato fílmico de Coppola atrapa impecablemente el espíritu de la biografía de Fraser con un toque irónico en el que se entreveran los tiempos, el de la reina y el nuestro mediante una banda sonora que entremezcla la música barroca de Rameau y los sonidos del rock, la colección de exquisitas zapatillas y la aparición instantánea de unos viejos zapatos tenis.

María Antonieta es un personaje trágico, como tantas otras mujeres de importantes varones públicos. Pero su tragedia no comienza cuando se confronta con su destino, el de morir en la guillotina, humillada, a la vista de todos, sino mucho tiempo antes cuando la ahoga la soledad, víctima del odio y de la difamación.
Confieso que desde mi juventud me conmovió esa hermosa y, a su modo, rebelde criatura que, como bien la describe el genial Stefan Zweig, “no era la gran santa del monarquismo, ni la perdida, la grue de la Revolución, sino un carácter de tipo medio, una mujer, en realidad vulgar, ni demasiado inteligente ni demasiado necia; ni fuego, ni hielo; sin especial tendencia hacia el bien y sin la menor inclinación hacia el mal…”, aunque lo más conmovedor de la familia real me pareció siempre el destino del pequeño delfín quien, entregado por los revolucionarios a un zapatero, murió dos años después, como mueren miles de niños reclutados en Ruanda por Joseph Roni, un asesino desalmado, hoy denunciado por las redes sociales en todo el mundo.

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