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Nacional

De Política y cosas peores

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Usa cubrebocas

Una tercera vez cumplieron los felices jóvenes la entrega conyugal, y otra vez la señora demandó de su maduro esposo igual entrega. Exhausto, exánime, agotado, el señor se disponía a dormir cuando otra vez se oyó en la habitación de los muchachos el recomienzo de la acción. La señora se inclinó de nueva cuenta su marido, en actitud que no dejaba ningún lugar a dudas: ella también quería repetir el trance. El señor entonces golpeó la pared y le gritó al muchacho con voz desesperada: “¡Ya párale, hijo! ¡Estás matando a tu pobre padre!”… Un señor estaba cortando el pasto del jardín de su lujosa residencia. Era domingo por la mañana, y el hombre vestía ropa que no dejaba ver su acomodada condición. Acertó a pasar por ahí una mujer en su automóvil, y tomó al señor por un humilde jardinero. Detuvo su vehículo y le preguntó: “¿Cuánto cobra por podar el pasto, buen hombre?”. Repuesto de la inicial sorpresa el propietario respondió: “No cobro nada”. “¿Nada?” –se asombró la mujer. “Nada –confirmó el otro-. Pero por si le interesa contratarme, le diré que la señora de la casa me deja que me acueste con ella”… Acneto, muchacho adolescente acudió a la oficina de su consejero escolar y le comunicó muy preocupado: “Sufro un grave problema sexual”. El terapeuta se inquietó. “¿Qué problema es ése?”. Responde Acneto: “Cada vez que tengo sexo se descompone mi reloj, que es de ésos que se dan cuerda solos con el movimiento de la mano”… El marido que iba a ser padre por primera vez le dijo a su mujer en tono imperativo: “Quiero que tengas el niño en forma natural. Estaré a tu lado compartiendo la experiencia”. Responde ella: “No creo que puedas compartir conmigo esa experiencia, a menos que mientras yo esté dando a luz tú arrojes una bola de boliche allá por donde te platiqué”… Ahora sí que López Obrador se está agarrando de una tachuela ardiendo. La expresión “agarrarse de un clavo ardiendo” se usa para aludir a quien echa mano de un recurso desesperado para evitar sufrir un daño. Los extremos a que está recurriendo AMLO para exigir que la elección presidencial sea invalidada son tan deleznables desde el punto de vista jurídico, tan endebles, que ya no son en verdad un clavo ardiendo, sino una tachuela que no ofrece asidero alguno. Eso de acusar a Peña Nieto de lavado de dinero es una desmesura que sólo sirve para mostrar la desesperación de López Obrador y su alejamiento de una realidad que en vano se empecina en rechazar. Tiene todo el derecho a valerse de los medios de impugnación que la legislación electoral ofrece. Sin embargo sus alegatos tienen una sustentación tan débil que pierden seriedad y adquieren la categoría de eso que en el argot de los leguleyos se conoce con el nombre de chicanas, maniobras marrulleras para enturbiar un caso y estorbar el puntual cumplimiento de la ley. Eso echa leña al fuego de una resistencia irracional que incluye amenazas de violencia extrema, y de la cual López Obrador en ningún momento se ha deslindado en forma personal. Aquí no se trata de defender a un candidato. Se trata de afirmar la prevalencia de la voluntad de más de 30 millones de mexicanos que no dieron su voto a AMLO sobre la voluntad absolutista de un solo hombre y de sus seguidores, algunos de ellos muy violentos. Dicho de manera un poco más pomposa, altisonante, campanuda, ampulosa, magnílocua, rimbombante o sonorosa, se trata de privilegiar la integridad de la República, con su legalidad y sus instituciones democráticas, frente a aquellos que con su actitud o con sus actos la amenazan… FIN.

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