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JUAN ANTONIO ISLA ESTRADA: LA NOVELA QUERETANA

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Y POR ARMANDO ARIAS Noticias67escenas, diestram e n t e engarzadas en un tomo costumbrista y queretano, es lo que Juan Antonio Isla Estrada entrega en su primera novela “Bajo los almendros.

Estampas de amor y muerte”, editada por Siglo Veintiuno Editores, y recientemente presentada en el Museo de Arte de Querétaro con las intervenciones preliminares de Inocencio Reyes, Diana Rodríguez y Federico de la Vega.

Personajes queretanos del periodo post revolucionario, asoman disfrazados con otros nombres pero mismas mañas, quienes nos permiten escarbar un poco más en el tradicionalismo local.

En torno al bien dibujado perfil de los personajes, en la novela reaparece la magnitud idílica, levítica, del paisaje queretano recientemente sacrificado en aras de la costosa modernización.

JAIE hilvana cromos literarios con puntadas amplias y seguras al modo que Honorato de Balzac lo hiciera con su “Comedia humana”.

Narrativa franca y sin ambages, recurso del prosista que le diferencia de la minuciosidad del poeta.

A la presentación de la obra acudieron descendientes de personajes ahí descritos, quienes recordaron una vez más las casonas y los ranchos perdidos por sus antepasados.

Igualmente interesados asistieron neo- queretanos quienes intrigados por una historia poco estudiada, agotaron los libros en venta.

Al hacer uso de la palabra, el autor, con su característico y diplomático buen humor dijo: “Quiero agradecer a las autoridades del museo que nos han facilitado este espacio.

Agradezco de manera especial al Mtro. Dr. Jaime Labastida, por haber creído en los jóvenes mayores.

Yo estoy incluido en esos jóvenes mayores.

Me sorprendió mucho que el Dr. Labastida, una mañana me llamara y me dijese que la novela que había leído le había gustado, que no había lugar para publicarla en siglo XXI.

Casi no publica novela, en cambio uno de los grandes escritores, uno de mis favoritos, Eduardo Galeano publica en siglo XXI, pero fuera de allí no son muchos, entonces mayor mi agradecimiento a Jaime, no sé qué le pasaría, pero él dijo que le había gustado.

Agradecerle mucho a Diana, es una mujer muy inteligente, ya la escucharon, y no se diga Inocencio, que es un intelectual muy profundo y tiene un sentido del humor muy especial.

Yo creo que algunos interpretaron sus metáforas.

Pero agradezco mucho a Inocencio su presencia”.

Dijo a modo de introducción y prosiguió develando el instante que surgió su vocación como novelista: “Lugar común es decir que el acto de escribir es un hecho misterioso y mágico especialmente cuando se trata de la novela o de la poesía.

En otros géneros se exige la precisión, el lenguaje puntual, la argumentación justa; la prosa en cambio, admite ciertas libertades, la presencia de imágenes espontáneas y audaces, la poesía es el género más complicado, pero también el más manipulado, el más manipulable.

En mi caso, en una noche de insomnio, no me llegó ninguna musa, simplemente me senté frente a la computadora y escribí una frase, esa frase que ya leyó Inocencio (el primer capítulo titulado “El que ganó la apuesta”) y no sé si existe la inspiración, pero el acto de escribir sí exige un cierto estado de ánimo.

Esa noche simplemente tenía insomnio y no me atraía nada, en lugar de encender la televisión, leer un libro o abrir el correo, distraerme con el internet, me dije que era el momento, eso fue mágico, lo importante era empezar, traía en mi cabeza revoloteando una serie de historias.

Una anécdota que se fue abriendo como un árbol en muchísimas ramas. Hasta me han llegado a decir que debería empezar el libro con un árbol genealógico. No. Que cada quien lo dibuje. Lo importante era empezar, aunque me hubiera equivocado o me lo hubieran sugerido, ya no iba a cambiar el primer renglón.

La verdad, confieso, no sé cómo surgieron esas palabras, fue como si alguien me las hubiera dictado, me sonó como una frase de narración costumbrista, porque sería muy pretencioso decir que me pareció rulfiana, el lenguaje y el estilo fue evolucionando, yo pensé que se iba a quedar como una historia de campo, una historia de hacienda, pero llegué a la ciudad.

Así fue como empecé y casi ya no me levanté del sillón frente al ordenador, hasta que escribí la última imagen del último capítulo.

El proceso duró menos de tres meses, o sea casi nada si nos damos cuenta que escritores como Tolstoi, como Fernando del Paso que investigó diez años y escribió cinco años, el haber yo hecho esta novela en tan sólo tres meses me parece de una gran irresponsabilidad”.

Continúa: “No hubo un plan ni la necesidad de armar un rompecabezas, me propuse escribir de corrido, no una historia continua con una secuencia lineal o cronológicamente encadenada.

Cada capítulo es relativamente breve, algunos de una página, pero todos están articulados por un hilo conductor que se abre en dos, por un lado un amor que estaba condenado por el prejuicio y se convirtió en un amor fecundo y reposado, por el otro la tragedia que se cierne sobre una familia en el entorno de la Revolución y en una ciudad en donde todo sucede entre rumores, con baja intensidad, aún en las desgracias y los testigos se dan cuenta detrás de los vicillos, de hecho la novela debió haberse llamado “Detrás de los visillos”, no “Bajo los almendros”, que casi no hay, como me reclamó el cronista de Querétaro: casi no hay almendros en Querétaro, pero en las fértiles huertas de La Cañada, todo era posible.

Confieso que este título me lo sugirió un poeta, confieso también que el título original era “Álbum de claroscuros”, y me dijo “No, eso no vende, mejor vamos a buscar algo más comercial”.

¿Novela histórica, novela costumbrista, novela de amor? El autor dice: “La mayoría son personajes de ficción.

Yo les voy a pedir a mis parientes no buscar identificaciones, aunque la novela sí tiene una influencia de un pasado familiar.

Es una historia que me rondaba en la cabeza y no había tenido el momento de iniciar.

Es ese el misterio del hecho literario: de pronto van apareciendo las palabras, las situaciones, las descripciones, los esbozos de los personajes, el entramado de las historias.

La idea central estaba en mi mente, pero en el trayecto del proceso misterioso surgían elementos que me iban sorprendiendo, otros que tuve que investigar; aún así es posible que haya incongruencias históricas, a los historiadores de antemano les pido disculpas, pero es importante advertir que tampoco se trata de una novela histórica”.

Clave de la novela es la siguiente anécdota: JAIE habla: “De niño veía a mis abuelos paternos, siempre muy amorosos.

Mi abuela era seria, pero apacible y laboriosa.

En cambio mi abuelo era un hombre bueno y un enamorado que no se detenía para poner en todo momento su mano sobre la de su esposa en señal de amor profundo, de respeto, de homenaje.

En los cumpleaños de la abuela y para despertarla, él solo era una fiesta.

Organizaba con quienes estuvieran en la casa una escandalosa banda de cacerolas y cucharones.

Lo notable es que ya viejos se profesaban un amor hondo y envidiable.

Así todos los días, cada vez que estaban juntos se les veía tomados de la mano.

Y cuando intrigados por ese romance tan largo y sereno alguien preguntaba cómo se habían conocido, no había explicación.

Era menos que un tabú, era como una imprudencia, como una curiosidad sin respuesta.

Cuando me enteré que ambos eran hijos de hombres respetables que en la inestabilidad política de la Revolución, tras los días finales del porfiriato y el periodo de transición se habían transmitido la estafeta del poder ejecutivo, traté de encontrar una explicación al silencio, al sigilo sobre un secreto.

Pero quizá la mía era una interpretación, una idea que se relacionaba con los amantes de Verona.

Sólo a mí, que era más ocioso que fantasioso, se me ocurría semejante conclusión, como si hubiese esclarecido un misterio que no tenía nada de oscuro o íntimo.

Tan sencillo como que admitieran: “Sí, somos como Montescos y Capuletos, y qué bueno que no tuvimos ese trágico final”.

Lo que sí fue trágico, es que en un brazo de ese árbol genealógico ocurrirían sucesos aciagos que se reiteraron en un breve lapso de tiempo, lo demás es ficción: aún en las desgracias también hay ficción.

En esos incidentes infaustos, de alguna manera están magnificados, como están exaltadas o desmesuradas otras circunstancias de la historia.

Y hablando de historia, no van a faltar los puristas que puedan reclamar algunas tensiones de personajes o situaciones.

Aquí lo histórico es un aderezo, un pretexto.

En la novela histórica, la literatura o la ficción es el aderezo, y mis abuelos, pues ellos vivieron siempre felices, pero esa es otra historia, a lo mejor del siguiente libro.

” Hasta aquí JAIE.

La novela como género literario, es inusual entre los escritores queretanos, quienes abogan más por el cuento y eso que llaman poesía.

Tan inusual que se menciona a Heriberto Frías (1870-1925), como antecedente de JAIE novelista.

Hacen falta estudios que expliquen este gran hueco creativo en las letras queretanas.

Hay un agravante: Heriberto Frías fue parido en Querétaro, pero desde niño estudió, se formó y desarrolló profesionalmente en la Ciudad de México.

Su obra mayor “Tomóchic” (1893) la escribió sobre el conflicto armado en el pueblo de Chihuahua así nombrado.

Formalmente su obra no está unida a la estructura cultural queretana de aquella época.

Congratulémonos por la decisión de JAIE para, después de una notable tarea en la administración pública, poner en tinta historias noveladas de la queretanidad.

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