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Querétaro

EL AMOR COMO REALIDAD INTERPERSONAL

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Reinventarse

POR P. PRISCILIANO HERNÁNDEZ CHÁVEZ, CORC. Las personas por el hecho de serlo poseen esa capacidad esencial para la relación intersubjetiva.

Así se ve en los grupos humanos, desde la pareja, la familia, los clubes, y los más variados grupos humanos unidos por una relación permanente o casual, sea como Gesellsaftsociedad, como Gemeinsaftcomunidad, como outgrupgrupo exterior, o ingroup- grupo con los vínculos reconocidos de pertenencia y opuestos a los que no son del mismo grupo, y por eso se dan rivalidades, llámese su equipo de futbol, su partido político o su barrio, grupo religioso o la secta: “nosotros” en contra de “ellos” o los “otros”; se pueden distinguir pertenencias étinicas, religiosas o sociales.

Se explica así la xenofobia, la clase social, el sectarismo de cualquier índole. Los niveles son variados, al igual que las rivalidades. Parece que la humanidad se atomiza negando la interpersonalidad, reafirmado aspectos accidentales de diferencia, en lugar de luchar por el respeto a esas diferencias en la búsqueda de lo esencial, de aquello que nos une en calidad de personas, del “nosotros humano”.

El “tsunami cultural” que nos aqueja a veces impide ver el rostro del otro o visualizar el tú que me permite descubrir mi yo para el nosotros interpersonal, en calidad de personas en cuanto tales. De aquí la centralidad y fontalidad de la fe cristiana que proclama la unicidad del la divinidad y la trinidad de la personas. Es el principio fundamental y fundante de la Historia de la Salvación, como lo señala Rahner.

No el Dios de los filósofos, sino el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob,-Pascal, en esa autorrevelación progresiva, que tiene su culmen en Cristo y continúa en la misión del Espíritu Santo. El defender la unipersonalidad en Dios teórica como el Islamismo o práctica de cristianos, puede lleva a la exclusión del otro.

La fe en la unitrinidad nos permite valorar lo que es la unidad del género humano y sus diferencias, que no deben de ser contradictorias sino complementarias. Los cristianos en la práctica deberíamos de ser fermento de unidad y de comunión.

Así fue el mandato de Jesús: ámense como yo los he amado y amen a sus enemigos y perseguidores. Somos bautizados “en el nombre,- no en los nombres-, del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Redescubrir el misterio trinitario será una gran experiencia del Dios vivo y verdadero; no del “dios ficticio”, creado por el racionalismo o la imaginación. Si se niega a Jesucristo Dios, se niega a la Trinidad. Tendríamos que hablar de la Trinidad para nosotros, es decir, como se ha manifestado en la Historia y consta en las Santas Escrituras; experiencia de Dios Trinitario en la liturgia y en la oración: gloria al Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo.

Si la persona humana es un ser relacional, su fundamento y realidad estriba en la relacionalidad de las divinas personas: la paternidad dice relación al Hijo; la relación subsistente es el Padre.

La filiación es relación al Padre: es relación subsistente, es el Hijo. El Espíritu Santo es la misma relación entre el Padre y el Hijo; es relación subsistente, el Espíritu Santo.

Así se entienden las personas como relaciones subsistestentes y eternas; posee cada una la misma esencia divina: el Padre como Padre o principio frontal, sin principio; el Hijo la posee como el Hijo, procediendo eternamente del Padre; ya el Espíritu Santo, como posee la misma sustancia divina, como Espíritu Santo.

Las procesiones intradivinas e inmanentes en Dios, son el origen divino de una persona divina respecto de otra persona divina por la comunicación de la única sustancia divina.

Este misterio del Dios Trinitario en sí en cuanto a nosotros, se ha de experimentar en la liturgia, en los sacramentos y en la vida interior que exige la limpieza de conciencia y la oración constante, como lo llegó a experimentar Santa Teresa de Jesús en la séptima morada, que describe en su obra “Las Moradas”, y que tuvo lugar en 1577,como lo narra en el libro de la Vida ( V 27,9), su experiencia de la inhabitación trinitaria: sentir a Dios uno y Trino en ella y ella misma abismada en el Dios Amor, trinitario: Padre amante, Hijo amado y Espíritu Santo, Amor, como lo afirma san Agustín en su obra sobre la Trinidad,-De Trinitate.

“Lo que entendemos por fe, allí lo entiende el alma” (7M 1,6). “Aquí se comunican todas tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dicho el Señor: que vendría a Él y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos” (7M 1,6). Dios es pues comunidad esencial de amor, nos invita a participar de esta interrelacionalidad interpersonal con Él, como fundamento de nuestra interrelacionalidad humana: del “yo”, hacia el “tú”, para entender, vivir, celebrar y gozar “el nosotros”.

El Dios amor (1Jn 4,16), diríamos, la triniunidad y la unitrinidad, o el Dios uno trinitario, es fundamento de esa intersubjetividad humana en calidad de personas en cuanto tales, para el amor recíproco

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