La ambición de poder

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POR P. PRISCILIANO HERNÁNDEZ CHÁVEZ, CORC. En cierto tiempo fue fácil escribir sobre el hombre.

En tiempo de Max Sheler, 1927, ya escribía que “En la historia de casi diez mil años somos nosotros la primera generación en la cual el hombre ha comprendido completamente su problematicidad, en el sentido que él ya no sabe lo que es y se da cuenta de que no lo sabe”.

Y el hombre se está haciendo “por invención optativa”, según Javier Zubiri.

Esto dificulta el llegar a cierto equilibro, objetividad y libre de prejuicios para conocer la realidad ontológica de toda persona humana y por tanto, de sí mismo.

De aquí la multiplicidad de posturas de juicios de valor sobre lo que acontece.

Todo, junto a la información desinformada, nos lleva a la crisis de identidad humana y de sentido.

Ignorancia o deformación sobre la realidad última del hombre y del sentido de su existencia.

Lo que se piense sobre la familia, sobre la sociedad, la economía, la política, el Derecho, y las ciencias humanas, urge el tener una filosofía objetiva y seria sobre el misterio del hombre que nos permita un orden, justicia y apetencia de la felicidad.

De aquí también la importancia de valorar a todo ser humano en la perspectiva del amor como donación de sí mismo para crear una comunidad de hermanos; lo más sagrado que hay en el universo es la persona humana.

Así en base a este planteamiento, observamos nuestro diario acontecer entre conflictos y confrontaciones.

Ese es el calendario de todos los días: conflictos políticos desde las antiguas monarquías hasta la complicada democracias modernas y partidistas; de los conflictos económicos , entre el estado de bienestar y la escandalosa pobreza; conflictos sociales por razón de raza, -todavía hoy en día, o de status social; conflictos religiosos entre las diversas banderas de su “verdadero dios”; conflictos de familias por inmadureces e intereses; conflictos del amor y de la amistad, por fingimiento, deslealtad y egoísmo.

Pero conflictos, siempre conflictos dialécticos, entre los sofismas y lo razonable, entre las verdades y las noticias falsas.

Y todo con sus grupos y representantes.

Parece que no se puede estar libre de los conflictos; en cierta manera se tiene que participar en ellos.

Pero es posible que se participe con un corazón libre de la envidia, de la rivalidad y del afán de poder ególatra, que busca sólo el propio interés.

Es complicado pero tienen que abordarse con un sentido de justicia; sólo así puede avizorarse la paz.

Lo grave es cuando la sinceridad es falseada con una humildad de los hombres poseedores de sangre de rana, según Nietzsche, por fuera parecen humildes y por dentro anida en ellos la ambición de saltar a puestos importantes, sin valorar lo esencial en el ser humano; esa es su naturaleza, de los que llamamos también en el lenguaje coloquial “chapulines” o que cambian de chaqueta.

La ambición, el ansia de poder es causa de guerras y conflictos irreconciliables que alimentan el odio y profundizan la división.

El ambicioso vive el desorden, opuesto a la sabiduría; se trastoca la sensatez y la cordura.

La grandeza de Jesús que pasa por la humillación,- profetizada en Sab2, 12.

17-20,se pone en el último lugar, ser el servido de todos y como el niño frágil, quien confía en el Padre.

Hijo humillado, el último, resucitado y convertido el primero de todos, en el Señor de la Gloria.

Por eso Jesús pone a un niño en medio de los discípulos que serán sus Apóstoles, para señalar que aquel que lo recibe en su nombre, lo recibe a Él; el que quiera ser el primero, ha de ser el último y el servidor de todos (MC 9,30-37).

EL Discutir por ser el primero, también nos pone sobre aviso el Apóstol Santiago: “Ahí donde hay envidias y rivalidades, ahí hay toda clase de obras malas” (1Sant 3,16- 4,39).

El pensar como Jesús y actuar como El, nos pone en la línea de una antropología redimida: tomar la cruz, padecer por el amor de total entrega y después vendrá la Resurrección, iniciada progresivamente desde ahora en el interior de un corazón salvado.

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