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Opinión

De política y cosas peores

Agencia Reforma CIUDAD DE MÉXICO.

– Anna Listta, psiquiatra de profesión, llegó a su casa y encontró a su marido en concúbito carnal con una estupendísima morena.

Lo primero que la doctora pensó fue que de seguro su esposo había sufrido en su niñez un trauma causado por su madre.

A eso se debía su infidelidad.

Luego se dijo que la estupendísima morena no tenía madre.

Y finalmente le preguntó a su libidinoso cónyuge por qué lo hallaba en tan ilícito acto.

Respondió él: “Te traje a esta mujer para que la analices.

Creo que está loca”.

Con interés profesional inquirió la psiquiatra: “¿Por qué crees que está loca?”.

“Bueno -razonó el marido-.

Al menos hace el amor como loca”.

Ya conocemos a Capronio.

Es un sujeto ruin y desconsiderado.

Fue a la reunión en que sus compañeros de la secundaria celebraron 30 años de haber salido de la escuela.

Le dijo con tono admirativo a una de las asistentes: “¡No me digas que eres Boricia Karloff, aquella muchacha feúcha, desgarbada, con cara de tonta y piernas chuecas! ¡Mírate ahora!”.

Halagada, esperando los piropos que de seguro vendrían, repuso con una sonrisa la mujer: “Sí, soy yo”.

“¡No lo puedo creer! -siguió Capronio-.

¡30 años, y no has cambiado nada!”… Don Chinguetas y su esposa doña Macalota fueron de safari a África.

En el curso de la cacería un león atacó a la señora.

“¡Rápido, bwana! -clamó el guía nativo-.

¡Dispárele a la fiera!”.

Vaciló don Chinguetas: “¿Y si le pego al león?”.

“Perdone usted: ¿a qué hora empieza el Seminario Sobre Administración Eficiente del Tiempo?”.

“Por ahí de las 8 ó 9 de la noche, hora más, hora menos”.

Un tipo pidió en la cafetería una hamburguesa y un hot dog.

Grande fue su sorpresa cuando la mesera que le llevó la hamburguesa se sacó la carne de abajo de la axila.

Le explicó al azorado cliente: “Es para evitar que la carne se enfríe”.

“En ese caso – declaró el sujeto- cancéleme el hot dog”.

(No le entendí)… Don Valetu di Nario, señor de edad madura, fue con el doctor Ken Hosanna y le confió su problema: había perdido por completo su ímpetu amoroso.

El facultativo le entregó un pequeño frasco que contenía un centilitro de las miríficas aguas de Saltillo.

“Son el más poderoso afrodisíaco que el mundo ha conocido -le informó- .

Una sola gota basta para poner en aptitud erótica incluso a un monje cartujo de 100 años de edad.

Pero tómelas con cuidado, pues tienen un efecto sumamente rápido”.

Se fue el señor Di Nario muy contento.

Habían pasado sólo unos minutos cuando sonó el celular del médico.

“¡Doctor! -le dijo exultante don Valetu-.

¡Las miríficas aguas que me recetó son extraordinarias, fantásticas, sensacionales! ¡Me tomé unas cuantas gotas y el resultado fue inmediato!”.

“¿De veras? -preguntó el facultativo algo sorprendido por la inusitada rapidez de los efectos.

“¡De veras! -confirmó el señor, feliz-.

¡Y si no me lo cree pregúntele a su recepcionista!”…

Los autocinemas eran sitios a donde iban las parejas que no podían pagar un motel.

La cómplice oscuridad del sitio permitía toda suerte de expansiones amorosas, las más de ellas sucedidas en el asiento de atrás del automóvil.

Al sitio se debía entrar con las luces del coche apagadas.

Si algún despistado las dejaba encendidas su ingreso era saludado por una serie de iracundos bocinazos.

Al terminar la película los asistentes, de vuelta ya en el asiento delantero, guardaban una elegante cortesía: los coches salían en perfecto orden, formando fila, y sus conductores dejaban un buen espacio entre uno y otro a fin de no cometer la indiscreción de ver a quienes habían estado ahí.

¡Cómo se han deteriorado las costumbres! En ninguna parte existe ya esa buena educación.

Todo lo dicho viene a cuento para recordar la ocasión en que la novia de Babalucas le pidió que fueran al autocinema.

Al badulaque le extrañó ese deseo, pues la película que daban no era buena.

(Era la misma que ahí se exhibía diariamente desde hacía 14 años, aunque nadie lo sabía, porque nadie veía nunca la película).

Ya en el autocinema la chica le dijo a Babalucas con insinuante voz: “¿Qué te parece si nos pasamos al asiento de atrás?”.

“No me parece buena idea -dudó el tonto roque-.

¿Luego quién maneja cuando nos vayamos?”.

FIN.

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