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Interdependencia de la cena, la cruz y la resurrección

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P R I S C I L I A N O HERNÁNDEZ CHÁVEZ, CORC. Por nuestra condición humana, es normal, entender la vida en una sucesión temporal. Un hecho sigue a otro y así se da su concatenación sucesiva.

En el misterio de Cristo es necesario atender a una sucesión que tiene unas implicaciones esenciales: la Santa Cena, la Cruz y la Resurrección del Señor, es decir, el Misterio Pascuas de Cristo, como nos ilustra el entonces Cardenal Joseph Rantzinger.

Ni la Cena, ni la Cruz, tienen valor en sí mismas, sin la Resurrección.

La Cena, posee su realidad específica por la inmolación del Señor en la Cruz.

De lo contrario, la Cena sería una celebración en el vacío.

Es la entrega generosa y cruenta del Señor en la Cruz la que da contenido anticipado a la Cena.

Su lenguaje y teología sacrificial es del Antiguo Testamento: “cuerpo que se entrega y sangre derramada”, ya no de animales, sino la entrega anticipada del Hijo, entrega sacramental y real.

Es entrega de amor “a los muchos”,-que somos todos, y de glorificación al Padre.

Es la misma autoentrega genenosa y martirial de dos modos, pero es esencialmente la misma y única.

El valor de ambas estriba en la Resurreción.

Si la muerte es ruptura de la relación, aunque sea natural, es antitética al deseo de supervivencia.

En Cristo por su muerte se da el paso a la vida glorificada, a la plena relación.

Ante la negación de los que lo rechazan, está la afirmación plena del Padre, en su humanidad glorificada.

Así por su muerte y resurreción somos injertados en Él en su humanidad permanente y eterna de modo que nos vincula para siempre con el Amor de Dios Trinitario, para que nuestra condición relacional de personas, sea plena; la carne humillada por la muerte entrará en su fase gloriosa, si comulgamos a Jesús en su Palabra y en su Cuerpo y en su Sangre, de su humanidad inmolada y glorificada.

Por eso la verdad consoladora: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 54-56).

Participar del misterio pascual, implica la Eucaristía y a su vez exige el padecer con Cristo en la vida de entrega total por los demás e ir experimentando en el propio interior el proceso vivificante de la resurrección.

Más allá de lo ritual, está la experiencia del misterio pascual que transforma totalmente la vida.

Ese es el alcance de participar en la Eucaristía o en la misa.

El participar de esta Alianza nueva, el Espíritu Santo escribe la nueva ley del amor en las tablas del propio corazón.

Concelebramos con Jesús con nuestro sacrificio unido al suyo (Col 1,24).

Acto de amor a los demás y el mismo de glorificación al Padre por Cristo, con Él y en Él.

Por eso la teología de la Cruz es una teología pascual; la Cruz cobra sentido por la resurrección gloriosa de Jesús Cristo.

Así el amor sacrificial y pleno, es más fuerte que la muerte, que lanza a la resurreción mediante la cual el Padre acredita a su Hijo y por Él, si lo seguimos, también seremos acreditados por el mismo Padre de Jesús.

Así se fundamenta la esperanza y la alegría cristianas.

He aquí el alcance extraordinario de la actualización del Misterio pascual de Cristo en la Eucaristía y en la propia vida.

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