El llamado a la misión es urgente: Christopher Hartley

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La Iglesia vive una crisis de santidad, advierte el misionero español

 

Por Enrique Zamudio

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“El llamado a la misión y a la santidad es urgente, pues la vida de la Iglesia depende de esto”, sostuvo el sacerdote anglo-español Christopher Hartley, quien ha realizado misiones en diversas partes del mundo como la India, Inglaterra, Etiopía y República Dominicana, donde denunció los abusos que sufren los trabajadores en los plantíos de azúcar.

Ante más de un centenar de feligreses, laicos, religiosas y seminaristas, el misionero Christopher Hartley dictó ayer la conferencia “La Misión y Santidad” en el Templo Expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús, ubicado en Jardines de Querétaro, donde reflexionó acerca de la Nueva Evangelización y la necesidad de llevar el Evangelio a todos los rincones del mundo.

Atendiendo la invitación del párroco de este lugar, Pbro. Prisciliano Hernández Chávez, el misionero anglo-español lamentó que el mundo vive una terrible crisis de misioneros y, en consecuencia, una crisis de santidad, por lo cual llamó a actuar y salir a la misión, incluso más allá de las fronteras geográficas.

El padre Hartley compartió las vivencias que experimentó al lado de Santa Teresa de Calcuta, de quien tiene el recuerdo vivo de su primer encuentro, cuando él apenas tenía 18 años, cuando la misionera le dijo “Se Santo” y “Ama a los pobres”, frases que desde entonces son un impulso para continuar con su tarea misionera.

Inspirado en la Encíclica “Redemptoris Missio” del Papa Juan Pablo II, el padre Christopher Hartley hizo énfasis en que el ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal confiada a los apóstoles, por ello la necesidad de habituar a la Iglesia a mirar más allá de los límites de las diócesis, de lanzarse en la ayuda de las necesidades de toda la Iglesia y predicar el Evangelio en todas partes.

El padre Hartley expresó que en Jesucristo hay tres palabras indisolubes: libertad, amor y obediencia. En este contexto, compartió que todos nacemos con una partitura debajo del brazo, hay quienes nacen con un pentagrama en blanco y los que creen que la melodia de su vida está compuesta.

En este sentido llamó a reflexionar y entender a los presentes sobre la melodia de su vida y la fidelidad a la partitura que Dios ha escrito, pues para Él “no todo tiene que dar la misma nota, porque no sería armonia”.

Además, sostuvo, la vida del cristiano católico debe ser como un cirio encendido que debe arder y brillar, y por lo tanto, la misión debe ser algo que quema y abrasa.

“Si no quema, no es fuego, no es el fuego del Espíritu de Dios con el que se vive en libertad, amor y obediencia”, expresó Hartley Sartorius, “Si algo no arde dentro de ti, no vas a iluminar a nadie”.

Por tanto, subrayó que es importante y necesario alimentar una ardiente amistad con Cristo y redescubrir la llamada de Santidad y el envío misionero.

Christopher Hartley aseveró que ni con oraciones, ni donativos llega el Evangelio a todos los rincones del mundo, por ello ánimo a la audiencia a reflexionar sobre el significado de ser cristiano.

El misionero compartió anécdotas sobre su trabajo en Gode, Etiopía, donde el más cercano sacerdote católico se encontraba a 90 kilómetros de distancia. Aquí, recordó, celebraba la Eucaristía todos los días solo, sin feligreses, dando la paz a Etiopía, a Somalia, países que se encuentran aún en guerra.

“Sólo Jesucristo fue testigo de mi vida”, compartió el sacerdote.

Al término del encuentro, el padre Hartley compartió una historia ocurrida en España, cuando el famoso violinista español Sarasate ofreció un inolvidable concierto en un abarrotado Teatro Real de Madrid. Tanto fue el éxito del recital que la audiencia no paraba de aplaudir y por lo tanto se repitieron melodías.

A término del concierto, la gente se orgnizó para sorprender al músico y esperarlo en la calle para ovacionarle. Una vez que Sarasate salió del recinto y se encontraba en el umbral de la puerta, la gente le aplaudió sin reparar en que había un mendigo con el abrigo raído, tocando violin esperando que alguien lanzara monedas al sombrero que tenía junto a los pies.

Sarasate pidió prestado violin al mendigo, lo afinó y delante del público se puso a tocar el mismo concierto que había ofrecido minutos antes. Después, se acercó al mendigo, cogió el sombrero y comenzó a pasarlo entre el público, recaudando muchas monedas.

Al regresar con el mendigo se dio cuenta que este estaba llorando. -¿Por qué lloras?, preguntó Sarasate, creyendo que había sido por el gesto de recaudar dinero para él.

“No puedo creer que alguien pudo tocar música bonita en un violin viejo y desafinado”, respondió el mendigo.

Finalmente, el padre Christopher Hartley compartió como moraleja que en este relato el músico podría ser Dios y el violín viejo y desafinado toda la gente.

“A Él le da lo mismo la santidad de la vida de la persona, su entrega y su vida en la misión, con el único que no se puede tocar la melodía es con quien no entrega el violín”.

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