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El Marqués

Las plazas como centro de vida

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Las plazas como centro de vida

Por: Emmanuel A. González Anaya

En la publicación anterior enlisté algunas de las razones por las cuales requerimos buen diseño urbano y en aquella lista, en el primer lugar, apareció “para tener mejores espacios públicos”.

Ya hemos dicho que los espacios públicos exitosos comparten algunos patrones como estar rodeados por usos variados, por ejemplo.

Si caminamos por nuestros pueblos y comunidades tradicionales, normalmente encontraremos una plaza cuadrada o rectangular rodeada de distintos edificios con usos diferentes; casi siempre habrá un edificio de gobierno, tal vez uno eclesiástico, seguramente algo relacionado con el mercado y muchas veces comercios, servicios y oficinas de todo tipo.

Dentro de las plazas hay áreas verdes, bancas, algunos árboles, lámparas, en algunas incluso hay kioskos y mercado ambulante. Si las estudiamos a fondo, podemos decir que en su mayoría son exitosas: con gente caminando o comprando, niños jugando, mítines políticos, desfiles o peregrinaciones tradicionales, etc.

Todos estos elementos (formales y sociales) son los que conforman los espacios públicos más vibrantes de todo el mundo. Desde las primeras civilizaciones así ha sido: el Ágora griego, el Foro romano, la plaza del mercado medieval, las piazzas renacentistas y hasta las plazas de armas latinoamericanas comparten ciertos atributos que hacen que nos atraiga estar ahí.

Con todo esto como antecedente, en nuestras ciudades mexicanas, durante los últimos años, hemos transformado el concepto de “espacios públicos” y hemos creado en su lugar grandes centros comerciales primero, luego relativamente grandes áreas verdes centrales rodeadas de vialidades de media o alta velocidad y últimamente en plazas o jardines sin bordes definidos, sin banquetas (pero con guarniciones amables para los automóviles) ni mobiliario y sin ninguna variedad de usos y edificaciones alrededor; más bien rodeadas de bardas condominales sin frente a lo público.

Es momento de recordar nuestro pasado ancestral y regresar a diseñar espacios llenos de vida, emblemáticos y que nos permitan fortalecer el sentido de pertenencia para lograr formar comunidades cohesionadas por elementos comunes; y regreso a esos elementos formales y sociales que nos permiten comunicarnos muchas veces, incluso, sin hablar.  

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