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El Marqués

El ojo de agua del Capulín

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El ojo de agua del Capulín

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Querétaro había sufrido de graves enfermedades por el consumo de sus aguas contaminadas, debido a los obrajes en donde se trataban las telas y las pieles, que al ser teñidas unas y curtidas las otras, dejaban en los canales y acequias, los peligrosos residuos de los productos utilizados para el proceso, principalmente el sulfato de cobre y otros minerales así como materia orgánica, todo esto aunado al mal uso de parte de muchos de los habitantes de la ciudad que arrojaban desechos al agua. Fue una epidemia que se presentó cuando se iniciaba el Siglo XVIII la que decidió actuar de forma urgente a la población ante el peligro de riesgos mayores y se decide traer el agua limpia a la población.

El lugar en donde el líquido abundaba se encontraba aguas arriba; en la población de San Pedro de La Cañada, lugar que casi 200 años antes había sido poblado por el indio” Conni” o Fernando de Tapia, al autorizarle el rey para asentarse en ese privilegiado paraje y en el  que sus descendientes ya se encontraban cuando en 1725 se dieron inicio a los trabajos en el “manantial del capulín” emprendiendo esta difícil empresa para traer el agua a Querétaro, con la casi imposible tarea de sortear obstáculos y desniveles a través de una distancia de casi dos leguas.

Primeramente se procedió a limpiar el amplio espacio por donde brotaba el agua, a través de los ojos que de las rocas salían y se construyó importante obra hidráulica de grandes dimensiones, fabricada de gruesos muros y contra fuertes, además de una barda perimetral para evitar la entrada del ganado, el que contaminó el lugar durante mucho tiempo. La primer barda construida fue derribada para ampliar el espacio como aún se puede observar en el lado Oriente, y fueron los pobladores de La Cañada los encargados de realizar esta nada fácil construcción, dado el tamaño e importancia de la misma. Una placa de cantera en donde se señala que la obra fue costeada por los pobladores de Querétaro con la fecha de iniciación de 1726 da testimonio del inicio de la construcción.

El gran reto era lograr, que el abundante caudal proveniente de La Cañada, resultase benéfico a la muy noble y leal ciudad de Querétaro y la única solución resultaba complicada al tener que cruzar el gran desnivel que existe en donde se encontraba el antiguo gordo de la hacienda de Carretas, siendo la única solución posible la construcción de un acueducto para elevar el vital y urgente recurso para la salud pública.

Avecindado en Querétaro el marido de Doña Paula Guerrero y Dávila el conocido y renombrado Marqués Don Juan Antonio de Urrutia y Arana Guerrero y Dávila, noble que formaba parte del ayuntamiento de la ciudad de México y que por el contacto con los ricos españoles que manejaban los capitales más importantes; se suma en los trabajos para traer el agua a la ciudad. Su experiencia adquirida con los acueductos de la capital del país y sus conocimientos de hidráulica, lo señalaron como el más adecuado para responsabilizarse de tan delicada empresa.

No resultó nada fácil el completar el caño para transportar el agua hasta el borde del desnivel y de ahí trazar a cordel con trabajos de agrimensores para calcular altura y distancia entre arco y arco, los que tenían que elevarse a tal altura que el agua corriese libremente por su parte superior hasta ser depositada en los muros del gran convento de la Santa Cruz y sus cañerías que la conducían por el lado Sur hasta el lugar donde sería la primer fuente; la caja de agua de la virgen de nuestra señora del Pilar, o fuente de León que esta adosada al muro del convento el que por su solidez se convirtió durante mucho tiempo en punto estratégico para la defensa armada de la plaza.

Con unos cimientos de casi 20 varas castellanas, que traducidas al sistema métrico decimal son 80 centímetros por cada vara; con unas bases rectangulares de piedra braza para darle mayor solidez y en el exterior utilizando la cantera rosa para hacerlo bello y elegante para que además de funcional se convirtiese en un objeto ornamental; como tributo a la vena de agua que correría sobre sus lomos, cubierta por grandes lozas de cantera. Se tenía que terminar lo más rápido posible y el propio Marqués se avocó a los trabajos; se dice que desde muy temprano acudía para ver diariamente los progresos y también que en algunos momentos también participó de forma decidida para de manera práctica mostrar cómo se debían de pegar las piedras.

Resultó tal su pasión por la construcción del acueducto; que el Marqués llegó a excederse al exigir en demasía a los indígenas de La Cañada, que estos se quejaron con el representante del Virrey, el que realiza un extrañamiento al apasionado Marqués de la Villa del Villar del Águila y que fue en el año de 1738 cuando después de trece años la majestuosa obra estaba ya terminada y surtiendo de agua limpia a la señorial ciudad de Santiago de Querétaro.

Dos leguas; algo así como siete kilómetros mide el trayecto del sistema de agua que iniciándose en la “Alberca del Capulín” surtía a Querétaro y que se extendió durante 222 años, en que corrió el agua por esta monumental obra cuya parte más visible son los 72 arcos del acueducto, incluido el último abierto a principios del siglo pasado, quedando su majestuosa presencia como símbolo de nuestra ciudad. Su conservación obliga no únicamente por lo que en sí representan al existir un compromiso con las futuras generaciones el que se tiene que cumplir, como un acto de gratitud por el servicio brindado a nuestros antepasados.

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