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El Marqués

Los asaltos a las haciendas

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Por sus propias características, la vida no era nada fácil en las haciendas, porque al estar alejadas de la ciudad tenían que protegerse con sus propios medios. Uno de ellos era el lograr que la construcción misma proporcionara la seguridad para sus moradores, lo que motivaba el levantar altas y fuertes bardas. Torreones con almenas y muy sólidas puertas fabricadas con la madera más resistente que se conocía –la del mezquite–.

A todo lo anterior se tenía que agregar, la implementación de guardias, las que durante los periodos conflictivos se hacían permanentes para librarse de las incursiones de los rebeldes, como se les llamaba a los que participaban en la Guerra de Independencia, o de los simples gavilleros  salteadores de caminos, que abundaron durante más de una centuria, o la muy difícil etapa de la Revolución, en la que por igual asaltaban las fuerzas del gobierno que los revolucionarios, causando grandes pérdidas de bienes y de vidas de los hacendados.

Un caso muy dramático ilustra lo que padecían los hacendados y sus trabajadores, ante los violentos ataques de asaltantes, que en muchas ocasiones terminaban con la muerte de personas inocentes, como fue lo acontecido en la Hacienda del Coyote, el 21 de Septiembre de 1861 y que se conoce gracias a lo escrito algunos años después, por un familiar de aquel que había muerto cumpliendo con su trabajo, el que se llamaba Antonio Vizcaya.

El escrito dice así: “El 21 de Septiembre de 1861 murió Antonio Vizcaya, me traje su cadáver y se sepultó el 23 en el Camposanto de Santiago de Querétaro”. La tradición en la familia reza así: “Estaba mi bisabuelito como escribiente de la Hacienda del Coyote; a los nueve meses de casado con mi bisabuelita, cayeron ahí unos bandidos, que no habían podido entrar a la Hacienda de Calamanda, y como el patrón del Coyote dijo, que para evitar desgracias, les dieran lo que quisieran, y no se les hizo resistencia. Llegaron un sábado y exigieron la raya. Mi bisabuelito que era el escribiente, les dijo, voy a dárselas y se dirigió a la caja, mientras un bandido le tiró un tiro por la espalda. Cayó al instante diciendo ¡hay doña Trini doña Trini! Mi bisabuelita mientras tanto estaba escondida en el cerro, muy angustiada por la balacera y quería irse a la hacienda, pero el mozo no la dejaba. Acertaron a pasar por ahí algunas gentes, (sic) y les preguntó qué sabían, a lo que le contestaron con mística aspereza: “Hay, pos que mataron a don Antonio” con tan terrible impresión se desmayó, y fue más terrible su dolor cuando al volver en sí, se halló junto al cadáver ensangrentado de su esposo. Les pedía a aquellos rancheros un padre, para que lo auxiliara, y le contestaron “ya hace muchas horas que es difunto”. Se vino a caballo con que lo traían a Querétaro y varias veces fue a dar hasta el suelo por los terribles desmayos que la acometían. Así fue como empezó su vida de trabajos, dolores y sufrimientos mi bisabuelita Trini”.

En el año de 1817, el día 20 de diciembre, la Hacienda de Buena Esperanza, que formaba parte del patrimonio legado por doña Josefa Vergara al pueblo de Querétaro, sufrió la invasión de los rebeldes insurgentes, que dieron muerte a nueve de los soldados improvisados con los mismos peones, ataque que desde meses antes se veía venir y por lo que se habían puesto guardias en el cerro del Moro. Este acontecimiento trajo consecuencias para el Ayuntamiento de Querétaro que era el albacea de la herencia. Ante el reclamo de los deudos, se acordó pagarles “por única vez”, la cantidad de 20 pesos y esto no como una limosna.

Otro caso fue el siguiente. La mañana del 5 de Julio de 1884, los indígenas que formaban parte de una congregación de indios cercana a la hacienda de Tlacote, los que habían estado tomando pulque desde el día anterior, –muy ebrios–, alentados por quienes en medio de su borrachera llevaban un estandarte con la virgen de Guadalupe, bajaron del cerro y penetraron violentamente en la Hacienda de Tlacote, propiedad  del ya ex Gobernador Francisco González de Cosío, y siendo un grupo de alrededor de treinta ebrios, atacaron a quienes dormían, y que en su mayoría eran trabajadores de confianza  del gobernador y de su esposa.

Durante este asalto dieron muerte al administrador y al escribano, y los indios, por su estado no tenían ninguna prisa en huir, daba la impresión de que querían tomar posesión de la Hacienda.

Por el mal estado en que estos indígenas rebeldes y borrachos se encontraban, no advirtieron que uno de los empleados de la Hacienda logró escapar a caballo, dirigiéndose al domicilio del Gobernador González de Cosío, –en la hoy esquina de Juárez y Madero– en donde avisaron del ataque a Tlacote. Un poco después salía la policía al lugar, logrando la captura de los atacantes, a los que, amarrados del cuello los trasladaron a la cárcel municipal.

Dieciséis meses después, fueron sentenciados a muerte, saliendo de la cárcel el 16 de Noviembre de 1865, con rumbo al cuartel que se encontraba por la Alameda, al llegar a ese lugar ya los esperaba un cuadro de soldados, y una multitud que movidos por la curiosidad, se habían ido sumando para llegar al lugar del fusilamiento. Se habían colocado unas vigas –para amarrar a los treinta fusilados– y que esto sirviera de escarmiento. Estaba dispuesto que después de que los soldados les dispararan y les dieran el tiro de gracia a quienes no hubieran muerto, fueran sus cuerpos colgados en lo alto de las vigas. A última hora se desistió de ese espectáculo macabro que se había acordado, por la intervención de la esposa del ex Gobernador, siendo sus cadáveres levantados y trasladados en unos carretones al Hospital Civil, para que se les practicara la autopsia.

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