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Bailes

Publicado

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Por Manuel Paredón

Fotos: Especiales

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De aquellos portentosos bailes que había en esta ciudad y que amenizaban las mejores orquestas de México para el esparcimiento de la sociedad queretana, solo queda  la nostalgia.

Cómo no recordar aquellos singulares fiestones, entre otros, los bailes de Coronación de la Reina de la Universidad Autónoma de Querétaro, el de Ingeniería de la misma  Alma Mater y que tenían lugar en sus antiguas  instalaciones  de las calles de 16 de septiembre.

Durante todo el año, se preparaba la comunidad estudiantil y los diferentes sectores de la sociedad para asistir a tan faustuosos  acontecimiento.

Las mejores modistas y sastres de la época, confeccionaban los vestidos largos y trajes oscuros que las damas y caballeros estrenarían en la esperada fecha.

Mientras tanto, la sociedad de alumnos, se entregaba de lleno en  los preparativos, sobre todo para contratar las mejores orquestas del país.

Como estudiantes, Jorge Hernández Palma, Álvaro Arreola Valdés, Pedro y Salvador Septién Barrón, Sergio Siliceo, Manuel Suárez Muñoz, Manuel Vega,  Hugo Terán Alejandro  Maldonado Franco,  José Ramírez Perea, entre otros, organizaron en más de alguna ocasión,  aquellos bailazos, como ya se dijo con las mejores orquestas de Pablo Beltrán Ruiz, Damazo Pérez Prado, Mariano Mercerón, Sonora Santanera, Carlos Campos, Acerina y su Danzonera. Solistas de Agustín Lara, Ramón Marques.

En  el patio central y en el llamado de Los Naranjos, se acondicionaban las pistas de baile para las románticas parejas.

Cientos de mesas se distribuían en la planta baja y alta para los asistentes.

Claro no podían faltar las cantinas que ofrecían los mejores vinos de la época, Evaristo Primero, y dos o tres buenos rones.

A la media noche el momento estelar la Coronación de la Reina a cargo del rector de la Universidad.

Una sola vez se permitió la presencia de un militar de alto rango, el Coronel José Mendoza Valencia, entonces Inspector General de Policía, al que le estallarían la huelga por la autonomía de la Universidad.

La razón: esa ocasión, su hija Alma I, una guapa veinteañera, fue la reina coronada.

Todos esos bailes, fueron verdaderamente maravillas, destacando igualmente el de la Coronación como Reina de Lourdes Moreno, que posteriormente se convertiría en esposa de Salvador Septién, que fuera rector del alma mater.

El festejo terminaba cuando la parroquia de Santiago daba las primera campanadas para la misa de las cinco de la mañana.

Uno que otro pleito se registraba, pero sin  mayores consecuencia.

El baile de la Escuela de Ingeniería  de  la Máxima Casa de Estudios, otro de los acontecimientos que disfrutaban los diferentes sectores de la sociedad queretana.

Evidentemente no era del mismo calado que el de la Coronación.

Pero no por eso, menos  importante.

Sin lugar a dudas, otro de los grandes bailes de aquella época, la Posada del 25 de diciembre en Palacio Federal.

Así como lo está usted viendo, se celebraba cada año en Palacio Federal.

Después de asistir a la tradicional corrida de toros, los queretanos no se perdían ese baile que como los de la Universidad, amenizaban las mejores orquestas.

En el patio principal y arriba, a bailar tanda tras tanda tras tanta.

Claro está, se ofrecían muy buenos tragos sin ningún límite.

Ahora, se imagina un baile con los Ángeles Azules en el Museo de la Ciudad, evidentemente, ni pensarlo.

Otro de los  grandes bailes, el de la Coronación de la Reina de los Charros,  durante las fiestas patrias.

No eran tan espectaculares como aquellos, pero tenían lo suyo.

De los más concurridos, el de Lolita Pesquera, cuando recibió el cetro como soberana de a caballo.

Pero los queretanos seguían bailando.

Para eso tenían el Casino de Querétaro, en plena calle de Madero, y aunque usted no lo crea, el  piso  del salón en la planta alta de la vieja casona,  es de cristal.

Ahí se realizaba el baile anual del Día del Tipógrafo en el mes de septiembre.

Los  compañeros  del gremio, echaban la casa por la ventana  y  traían a los mejores, como cuando contrataron a la Sonora Santanera que subía como la espuma con la pieza La  Boa, no cabía un alfiler en el salón y hasta hubieron de llamar a la policía preventiva para contener a la mucha gente que se apretujaba en la entrada para entrar.

Se calmaron, pero no se retiraron y desde la calle donde se escuchaba perfectamente las interpretaciones del conjunto, le dieron vuelo al bailongo.

En el mismo escenario,  y con fiestones como ese  los meros festejaban su día después de la  tradicional carrera en la mismas calle de Madero o en el jardín Obregón, hoy Zenea.

En el restaurante del Gran Hotel, la alberca Leticia de Hércules de Don Servando Trejo y en el Sindicato de Maestros, se turnaban para organizar con algunos conjuntos de la locales, entre otros el de Juanito Perea y el de Pepe Villalón.

Don Celerino Reséndiz, que construyó unas albercas en las calles de Madero, siguió con  los bailes.

El último de gran gala que organizó, fue amenizado por la orquesta de Arturo  Núñez,  y en plena alberca improviso una plataforma sobre unos tambos flotantes para orquesta

Ya se imaginará el ambientazo que hubo aquella noche.

En el restaurante de otro de los balnearios y hotel, El Jacal, sobre el que se construyó el Real de Minas, fue otro de los escenarios más atractivos para organizar este tipo de  eventos.

El paso de los años, terminaron con estos acontecimientos que solo  quedan en la memoria de los  pocos sobrevivientes de aquella época.

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