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Celebra Mons. Faustino Armendáriz su XVI Aniversario de Ordenación Episcopal

Publicado

en

Por Manuel Paredón

Noticias

 

En la solemnísima concelebración eucarística del XVI Aniversario de su ordenación episcopal, el Excelentísimo Señor Arzobispo Don Faustino Armendáriz Jiménez, imploró a Jesucristo Resucitado le ayude a ser un buen pastor.

La imponente ceremonia tuvo como marco la Catedral Basílica Menor La Purísima Concepción de la Ciudad de Durango  y fue  seguida por  millares de fieles de aquella Arquidiócesis y de esta   que fuera la  Diócesis de Mons. Armendáriz Jiménez.

En su profundo mensaje, el purpurado citó que el Nuevo Testamento, al revelar que  Cristo es el Santo de Dios, subraya el carácter personal de la santidad divina. Cristo es santo porque en la obediencia de la fe, se ha hecho para nosotros, justicia, santificación y redención.

El prelado, prosiguió explicando:

En el evangelio, Jesús asume de manera contundente este proyecto y lo propone en el itinerario de quienes él, escoge como discípulos suyos: “Ustedes pues sean perfectos, como su padre celestial es perfecto”.

El seguimiento de Jesucristo implica cumplir los mandamientos.

Jesús, resume los mandamientos de una manera positiva y sintética: “Amaras a tu prójimo como a ti mismo”.

Hermanos sacerdotes y laicos, -enfatizó- el Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.

La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley.

El fruto evocado en estas palabras es la Santidad de una vida hecha fecundada por la unión de Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro padre y nuestros hermanos.

Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. “Este es el mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado”.

 

Mas adelante, Monseñor Armendariz Jimenz, refirió:
Durante estos años de vida episcopal he podido comprender en mi vida tanta realidad.

La santificación es siempre obra de Cristo y obra del Espíritu Santo que ponen de manifiesto en nosotros el don de la fe.

Quizá como el joven rico, muchas veces nos hemos preguntado ¿y qué tengo que hacer para ser perfecto? Y escuchando la voz de Jesús no hemos entendido y dado el siguiente paso.

Es fundamental e importante que a partir de la llamada de Dios nos ha hecho a cada uno, respondamos a la pregunta ¿cómo vivo mi consagración? Cristo pide para los discípulos la verdadera santificación, que transforma su ser, a ellos mismos, que no se quede en una forma ritual, sino que sea un verdadero convertirse en propiedad del mismo Dios. Lo que resulta esencial y fundamental para el ministerio sacerdotal su profundo vínculo personal con Cristo.

El sacerdote -recordó- debe ser un  hombre que conozca a Jesús íntimamente, que lo ha encontrado y ha aprendido amarlo. Por esta razón debe ser un hombre de oración, un hombre verdaderamente religioso.

Sin una verdadera base espiritual no puede resistir largamente en su ministerio.

Desde esta intimidad con Cristo crece espontáneamente también la participación en su amor por los hombres, en su voluntad de salvarles y serviles.

La santificación exige una lucha por parte del hombre. Es la lucha de la fe, la buena espiritualidad para oponerse a la mundanidad pero viviendo plenamente la compañía de los hombres.

La exigencia de esta ruptura con la mundanidad proviene del acontecimiento pascual que se celebra en la Eucaristía, junto con el signo del pan que se reparte y del vino que se distribuye, Jesús pronuncia las palabras que transforman la mentalidad de los discípulos que discuten sobre quien es el mayor entre ellos. Afirman que las relaciones que existen en la sociedad civil.

Dentro del mismo contexto de su mensaje, Mons. Armendáriz Jiménez, puntualizó:

Hermanos sacerdotes, la fuente de nuestra santificación es la fuente del propio ministerio, del propia misión es justamente el espacio que tiene el presbiterio para su santificación. Este espacio se identifica esencialmente con el ámbito eclesial en medio de cual hemos sido puestos como pastores, la encomienda de apacentar el rebaño exige un gran esfuerzo de vigilancia (en espíritu de ayudar y corregir lo que no está bien) sobre uno mismo y sobre el propio rebaño, se trata de custodiar de manera creativa la unidad del cuerpo de Cristo.

Por ello, hoy se nos exige la capacidad y las formas de hablar y de relacionarnos.

Es una exigencia pues para cada unió de nosotros, ser expertos en las relaciones. Para desarrollar el oficio del amor — como diría San Agustín —, es necesaria la madurez humana de quien sabe amar, de quien intenta conseguir un equilibrio afectivo, de quien trata de ser siempre más humano (comentario al Evangelio de Juan 23, 5).

Llegar a ser hombres santos significa también llegar a ser humanamente santos, sabiendo conjugar la santidad con la bondad, la comprensión con la misericordia.

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