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LA CASA DE PERIÓDICO “NOTICIAS”

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Era aquel Querétaro en donde las carencias económicas se hacían muy aparentes, obligando a muchas familias a “apretarse el cinturón”, viviendo al día ante la escasez de fuentes de empleo y lo mal pagado de las existentes, lo que en muchos casos propiciaba que se tratara de mitigar los apremios económicos con ilusiones, ya que la ardua lucha cotidiana por llevar el sustento a la familia en muchos casos resultaba frustrante. Estas ilusiones y sueños consistían o se traducían en sacarse la lotería o encontrar un tesoro. Ambas con alto contenido de improbabilidad, pero el sueño tomaba visos de realidad ya que algunas personas ponían sus esperanzas y su dinero en la tecnología con la que se contaba en ese tiempo, y compraban un rudimentario “aparato detector de tesoros” e invocando el respaldo divino por medio del santo de su devoción para que, en alianza con la diosa Fortuna, se les concediera la gracia de mejorar su situación monetaria.  

            Estos rudimentarios aparatos, de los cuales a ciencia cierta no se conocía su funcionamiento, atribuido por algunos al magnetismo de los metales, propiciado por complejas bobinas y raras conexiones, o tal vez basado en las “ondas” emitidas emulando a los murciélagos, las cuales eran detectadas por sensores especiales al topar con metales sin discriminar éstos, sólo concretándose a producir un ruido con mayor frecuencia, y que algunos, ante el adelanto bélico propiciado por la Guerra Mundial, le denominaban “radares” detectores de metales. Caros en ese tiempo, además de escasos venían acompañados de muy complejas instrucciones en inglés y con crípticos tecnicismos de difícil interpretación para los legos en la materia.  

            Don Salvador Lara, propietario de la casa de Pasteur No, 12, frente a la Plaza de Armas, por las características que reunía su propiedad y por los rumores producto de la tradición oral, estaba plenamente convencido de la existencia de un tesoro en algún lugar de la casa. Motivos existían muchos: amplias paredes, sótanos complicados, aljibes, pozos antiguos descubiertos durante los años 30 al arreglar el patio, y muy cerca de la entrada de la casa, a un lado de la escalera, un gran orificio cubierto con gruesas vigas de madera que daba acceso a amplio sótano que se extendía a todas las habitaciones del lado sur de la casa, pero que no tenía comunicación con el lado norte, dado que la propiedad tiene forma de “L” y entre las casas vecinas aún se puede observar la existencia de un pasillo común sin que tenga ninguna puerta, sólo las ventanas comunican a este corredor. Esto también acrecentaba el misterio y las posibilidades por la rareza de su construcción.  

            Durante mucho tiempo el Sr. Lara recorrió todos los rincones de la antigua casona, paso a paso, escuchando el sonido del aparato, pasándolo por los muros y aún por el tercer piso, no menos complicado que el resto de la casa, y nada; no localizaba nada, hasta que en una ocasión el sonido del aparato le hizo falsamente alentar ilusiones, pero que una vez escarbando amplio agujero, sólo se encontró una tubería metálica de 4 pulgadas, introducida como drenaje a principios del Siglo XX, pero sólo ilusiones, sólo aquella especial emoción ocasionada por la posibilidad, pero nada más.  

            Al ser Salvador Lara yerno del Sr. Adalberto Zúñiga Vázquez Mellado, quien era propietario de la casa de Ezequiel Montes No. -14, hoy del periódico noticias y por sus características de amplitud, además de existir un desnivel a expensas de un escalón en el pasillo, el cual hace que todo el segundo patio, en donde se encontraban cuatro prados con árboles frutales, con una diferencia de 30 a 40 cm sobre el nivel de la primera parte de la entrada, y teniendo amplios corredores con pisos de losas de cantera de 40 centímetros cuadrados –algunas de las cuales se encontraban emboquilladas de otro color, de tal forma que las hacía sospechosas–, o sus alacenas en cada habitación, con la parte baja hueca, en donde se habían puesto tablones para sobre ellos enjarrar y aplanar, disimulando estos espacios, pero que al sonar huecos, significaban también una esperanza de encontrar el tesoro. En fin, lugares sospechosos los había, como para probar el aparato. Nada se perdería y mucho se podía ganar con dar una “pasadita” con el detector y quien quita y a lo mejor “aquí sí”.  

            Don Adalberto Zúñiga no era ajeno a estas situaciones. También mantenía, al igual que otros, la esperanza de encontrar un “entierro” y, es más, ya había hecho la lucha escarbando en algunos lugares antes de renovar habitaciones o arreglar pisos, pero también, al igual que tantos otros, sólo encontró tierra y escombros, sacando la conclusión de que “el mundo es tan grande que lo que sobra es tierra, pero de monedas, ni sus luces”.  

            En dos ocasiones, yerno y suegro recorrieron todos los cuartos, los corredores, el local del molino de nixtamal que se encontraba en lo que hoy es la oficina del Director del periódico, y que comunicaba también a la calle de Ezequiel Montes. Se buscó en el corral, en el comedor y la cocina, ¡y nada! El sonido los aburría por su monotonía, incluso con especial acuciosidad se revisó la parte baja del viejo brasero de carbón, dejado muchos años tal vez en reconocimiento a los servicios prestados hasta la llegada de las estufas de petróleo diáfano, y posteriormente al gas doméstico, resultando obsoleta la utilización del brasero. Esta construcción quedó en el lado norte de la cocina, en la parte media de la misma, y por su recia construcción daba la impresión de un altar con un orificio cuadrado de 20 cm en cada lado en su parte superior. A manera de mesa, patinada por los años y sus múltiples usos, estaba sostenida por dos gruesos muros que se juntaban en el centro por un arco rústico que daba a un espacio amplio y oscuro poblado con telarañas, el que sirvió de carbonera.  

            El instinto resultaba más contundente que el aparato detector de tesoros y posterior al último recorrido, los comentarios se concretaban a que existían dos lugares posibles: un muro hueco, o al menos con ese sonido que se apreciaba al golpearlo con un trozo de madera, y el otro lugar, el viejo brasero lleno de telarañas. Pero el aparato no daba para más, resultando sólo como inductor de entusiasmo más que como prueba contundente de un” entierro”, por lo que acordaron solicitar el apoyo de un buen amigo y vecino de la calle de Madero, el Sr. Juan Llaca, para que con el detector del que era propietario y que contaba con una mejor tecnología, acudiera exclusivamente a los dos probables sitios señalados en los anteriores recorridos.  

            Con mucho tacto y discreción se solicitó la intervención del Sr. Llaca, como debe de ser en estos casos, y se le ofreció una parte de lo que se encontrara, al ser potencialmente socios en esta empresa que, de resultar, se convertiría en algo muy lucrativo. Don Juan Llaca aceptó, conviniendo la hora y el día para realizar la búsqueda, la cual sería la más discreta posible por la vecindad con Don Juventino Castro, la familia Arana, los Larrondo y muchas personas conocidas que ante la escasez de transeúntes y lo conocido de los personajes y sus aficiones para la localización de tesoros, podrían despertar sospechas de inmediato.  

            Después del recorrido, y no obteniendo resultados positivos a pesar de la insistencia de los buscadores de tesoros, la vida para los frustrados ricos continuó. Los años pasaron, sus vidas fueron terminando y las propiedades cambiaron de dueños. No fue la excepción la amplia casa de Ezequiel Montes, que pasó a pertenecer a la familia Lara Zúñiga, quienes se vieron en la necesidad, para poder venderla o rentarla, de tenerla que remodelar, e iniciaron trabajos de reparación con un albañil y su peón, quienes con calma y lentitud poco avanzaban en su trabajo, ante lo que esto significaba en pérdida de tiempo y dinero, retrasando las posibilidades de ofertarla. Marco Antonio Lara, hijo de los dueños, se apersonaba diariamente para supervisar y acelerar los trabajos, pasando largas horas en el lugar leyendo el periódico, recordando también su infancia cuando acudía a visitar al abuelo, e invadido por la nostalgia, tomarse unas cubas bajo la apacible sombra de los frondosos frutales. Tranquilo y muy a gusto.  

            La remodelación casi llegaba a su fin y le tocaba el turno a la cocina. El brasero salía sobrando. Se tenía que aprovechar el espacio y resultaba un estorbo obsoleto y feo. Además, la carbonera representaba un peligro para los menores y se había convertido en un nido de alimañas, por lo cual, ante la pregunta del albañil respecto a qué se haría con el brasero, Marco Antonio, con actitud de emperador romano y muy a tono con su nombre, dijo: “tíralo”. Estaba condenado ya a desaparecer “y con el escombro tapa la carbonera, y para que agarres fuerza “ven a tomarte una cuba”, para lo cual no fue necesario forzar al albañil, regresando posteriormente a su trabajo.  

            En el lugar de costumbre, bajo la sombra de los árboles, junto a un sólido tambo metálico, que en algún tiempo fue propiedad de Ferrocarriles, y que servía de emergente depósito de agua para regar las plantas de los prados, la tranquilidad de Marco Antonio (“El kilos Lara”) fue interrumpida abruptamente por el albañil, quien con premura lo urgía a que acudiera a la cocina rápidamente como si lo que ahí se encontraba se fuera a ir.  

            En ambos muros, que servían de sostén al brasero, por su hueca construcción, se encontraban acumuladas una gran cantidad de monedas de diferentes cuños, y aunque existían algunas de oro, de las denominadas “tejos”, la mayoría eran de plata, pero también había de cobre, en ambos pilares, y por lo que podía verse, éstas fueron guardadas a través de un orificio entre dos tabiques, a manera de alcancía y, tal como caían al fondo, formaron una masa con la ceniza del carbón que se filtraba por la rendija. Ahí estaban y las señalaba el albañil, sin poder articular palabra, intocables desde antes de 1919 en que la casa fue adquirida por el abuelo.  

            La función sociológica que cumple el alcohol propició que entre Marco Antonio y el albañil anónimo, se sellara un pacto de mutua conveniencia, y que consistía en que Marco compraría una casa a su nombre, la cual podría utilizar el albañil como propia, hacer de ella lo que quisiera, pero “si dices algo, te la quito”. Estas fueron las convincentes palabras que mantuvieron callado al albañil, guardando el secreto para siempre.  

            En reciente visita, acompañado de distinguido periodista –Luis Montes de Oca–, visitando el lugar, el que se encuentra al fondo de la casa, del lado izquierdo, a un lado del que fue el comedor, constatamos que todo se ha transformado, pero que en el sitio donde se encontraba el viejo brasero donde se encontró el tesoro, hoy es un cuarto de revelado, al fondo del patio del taller de impresión del periódico noticias; es más, uno de los muros que sostiene la tina de revelado se encuentra con exactitud sobre el lugar del hallazgo. Con toda seguridad, a su lado derecho, se encuentra la carbonera tapada con el escombro, sin poder asegurar, ya que en esto no existe seguridad alguna, de que no quedaran por ahí algunas moneditas escondidas.  

FELICIDADES AL PERIÓDICO NOTICIAS POR UN AÑO DE DECIR “LA VERDAD CADA MAÑANA”

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