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La contaminación, huella del hombre

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Un “bosque de plástico” emana al desaparecer la inundación en Tequisquiapan

Por Luis Montes de Oca

Noticias

Tras el paso del agua por el desfogue de la presa Centenario de Tequisquiapan, y el desbordamiento del Río San Juan, queda la evidencia de la huella del hombre: la contaminación, un bosque de polietileno, convertido en bolsas de plástico que quedaron por miles atrapadas entre los arbustos.

Las escenas son dramáticas, las casas de vara y madera de la gente más  humilde ubicadas en la colonia o barrio Cruz Verde, según nos dice don patricio, quien junto a su esposa, aún ahora observa lo que quedó de su vivienda.

Quedan las huellas de la furia del agua: los árboles sobre el suelo, vencidos ya en el lodazal, las nopaleras desprendidas, zapatos, ropa, muros que fueron contención derruidos, pero no hay desolación, es día de plaza y el tianguis luce alegre, las bocinas dejan escuchar las ofertas, aunque Patricio y su mujer sigue observando lo que quedó de su casa, la que han tenido que levantar varias veces por las crecidas en 17 años que tiene de vivir ahí, en el paso del agua.

 

Centro

 

El recorrido de Noticias inició en el centro de Tequisquiapan, donde el panorama es otro, hay efervescencia, gente limpiando, barriendo, comercios abiertos, calles secas, la escuela Rafael Zamorano que el 4 de octubre estaba inundada en su totalidad, da otra imagen, la del trabajo y muy cerca el fraccionamiento Los Claustros, cuyas imágenes publicamos en este espacio el 5 de octubre, cuando la corriente de agua impedía, inclusive, el paso de las camionetas de la Guardia Nacional y Bomberos y Protección Civil entraban luchando para meter lanchas sin motor, lucen como si no hubieran pasado una severa inundación, aunque algunos vecinos peguntaban a la vigilancia por algunas de sus cosas que fueron rescatadas y colocadas en un espacio.

Aún cuando el Centro no tiene la movilidad a que estamos acostumbrados, los restaurantes llenos y con gente haciendo fila para entrar o los turistas caminando en la plaza y aglomerándose en el mercado de artesanías, se aprecia el paulatino retorno a la normatividad.

 

La presa

 

 Luego de recorrido por el centro de Tequisquiapan, enfilamos los pasos a la Presa Centenario que está al tope de sus casi 10 millones de metros cúbicos de capacidad, aunque no desborda y las cortinas están controlando el flujo de agua para que no cause más daños.

Cabe señalar quela lectura del embalse al 13 de julio de este año, estaba al 41% de su capacidad con unos 4 millones de metros cúbicos y ayer, tres meses después, se veía al cien por cien.

la destrucción y la contaminación arrastrada, como lo señalamos al principio son evidentes y creemos que los grupos de ambientalistas, ecologistas y voluntarios, junto con las autoridades y los ciudadanos, tendremos trabajo de sobra para poder limpiar esta desgracia.

 

San Nicolás

 

El tiempo se escurre, por lo que enfilamos como tercer punto del recorrido, la comunidad de Ladrilleros de San Nicolás, donde el Río San Juan al desbordarse les causó terribles daños, destrozando sus hornos, desbaratando su producción, metiéndose a sus casas con tirantes hasta de 70 centímetros y dañando sus muebles y enseres.

Javier, un hombre recio y corpulento, nos pide que lo acompañemos a su horno. cruzamos la carretera con cuidado por la cantidad de tráfico y porque no hay ningún puente peatonal, pasamos el paso que es un deslave bajo la barra de contención y luego llegamos a las viviendas, de puerta de madera atada con una mecate, recorrimos el patio, el desorden de los daños causados, el corral vacío porque tuvieron que soltar a sus animales para que no se ahogaran. Caminamos entre hornos cerrados e inundados todavía y metros adentro del agua, como un islote su horno:

“Mire —nos dice conteniéndose y apretando los puños— no puedo trabajar, no puedo hacer nada hasta que se seque el agua y reparar el horno y volver a hacer tabique.  Mis compañeros —continúa— me dan trabajo un día o dos, pero ellos también están amolados…

—¿Les ha llegado ayuda? —preguntamos.

—En especie, si —responde y agrega— nos han traído despensas e se agradece, pero de la ayuda que dijeron nos darían, la económica, no hay nada todavía.

Del otro lado de la carretera la actividad está dividida entre los que ya pudieron iniciar con su trabajo y los que siguen a la expectativa para que la misma naturaleza absorba el agua y les permita trabajar.

Ahí, a unos metros del río, en una mesa al aire libre tienen preparado su almuerzo, sus refrescos, aflora el buen humor, vacilan o chancean, mientras otros se afanan con la pala o la carretilla y algunos más van formando los tabique en hileras.

Los comentarios tienen un común denominador: si necesitamos la ayuda, porque no todos podemos trabajar, de lo contrario, no pediríamos nada, porque estamos acostumbrados a trabajar.

Bajamos la vista para ver en algunos las delgadas piernas embarradas de sedimento de nadar en ese fango que dejó la inundación.

Se ven los daños, la necesidad, pero también el empeño y el coraje por salir adelante

Tequisquiapan es una tierra de altos contrastes, un pueblo que quedó herido, pero no de muerte y que saben cómo salir adelante y en eso están sus afanes y sus anhelos.

No, no todo es San Nicolás, ni el barrio o la Colonia Cruz Verde, y la terrible contaminación arrastrada por el caudal, Tequisquiapan  es mucho más que esto, es un pueblo mágico que está sanado las afectaciones que le provocó el agua y dando, desde ya su mejor cara para el turismo nacional y extranjero.

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