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San Juan

La vara con que medimos

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LOURDES GALLEGO

Gerard Manley Hopkins

POR LOURDES GÁLLEGO MARTÍN DEL CAMPO

DOCENTE DE LA UAQ

Después de desayunar con un amigo, paso por San Agustín. De ahí salen dos señoras vestidas al estilo de la reina Isabel de Inglaterra (esto es, cabello corto, peinado de salón, collar y aretes de perlas, suéteres en color pastel) que se me aproximan amables. Huelen bien, a loción cara. “Estamos juntando firmas para que, aunque ya el gobernador lo aprobó, se detenga lo del matrimonio igualitario, hombres con hombres y mujeres con mujeres”. Me miran con asombro (yo diría con horror) cuando les digo que no quiero firmar.

Sigo caminando, dos cuadras más adelante, se acerca una chica gordita con una señora. Lleva una bolsa de plástico con asas con el logo de una carnicería de Tepe y unos pants muy, muy gastados. Me sonríe y me extiende un volante para invitarme a una oración que habrá en la tarde: “se va a regalar el ‘perfume de María’ y se ungirá a los asistentes con el ‘aceite de la Rosa de Sarón’”. Sin dejar de sonreír, me dicen que son de los de Pare de Sufrir. Les agradezco, guardo el volante en mi bolsa y camino preguntándome si de verdad María usaba perfume. 

Justo unos metros más adelante, en el jardín Guerrero, unos hermanos tocan el pandero y cantan alabanzas. Alguien que parece su pastor detiene los cánticos, toma el micrófono y predica algo de Pablo, de la carta a los Romanos: “el salario del pecado es la muerte” y empieza después a hablar de la “condenación eterna” y convida a los transeúntes a convertirse, porque si no, si no se unen a la “verdadera fe en Jesús, serán enviados al mismísimo infierno. Todos están equivocados”, incluye a los católicos. Solo su fe es la “buena”. 

Llego al Mercado Hidalgo. Encuentro a un taxista, bigotazo enorme, todo de negro, con una Santa Muerte de plata, colgada en el cuello. Está sentado en el cofre de su coche. No lleva cubrebocas y alega con otro muchacho “yo no creo en el Covid….  es un invento, y además ‘ella’ me cuida”, y se toca con los dedos a su Santa Muerte. Ya en casa, recuerdo el poema de Gerard Manley Hopkins:

El mundo está cargado de la grandeza de Dios. Si seguimos caminando así, se apagará, como el brillo de un papel de aluminio estrujado. ¿Por qué, entonces, los hombres no calculan la vara con que miden? Generaciones la han pisado y toda está quemada por el comercio; blanqueada, manchada… y lleva la mancha del hombre y comparte el olor del hombre, su suelo.                                                                                               La grandeza de Dios está desnuda ahora, pero los pies del hombre no la pueden sentir, llevan zapatos.

Al fondo se escuchan las campanadas de un templo, en donde dice misa un ilustre sacerdote, amonestado por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, por, según un diario local, “promover el discurso homofóbico”. Las campanas siguen, y Dios lo mira, lo oye todo, pero su grandeza rebasa todas estas especulaciones recogidas en una mañana de domingo.

GUADALUPE ZARATE1 (2)

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